viernes, 24 de noviembre de 2017

LA VIDA ERA ESTO


Nos asomamos al mundo por una ventana por la que pasa, trepidante, la vida. O eso es lo que nos hacen creer y creemos. Creemos que la vida es la pelea por el reparto de los dineros entre las distintas comunidades autónomas, o los paseos de Puigdemont por Gante con el oportunista regalo de un vendedor callejero incluido. Creemos también que la vida son las bravuconadas de esos dos dementes que gobiernan, uno por elección y otro por herencia siniestra, Estados Unidos. creemos que la vida tiene la cara de ese personaje, Albert Rivera, que mira no desde sus ojos, sino desde detrás de ellos, con ese patético cálculo del que se quiere quedar con todo y no se para en barras ni en códigos éticos que, para él, son de quita y pon. 
Creemos que la vida es ese encadenado de mentirosas últimas horas que llegan a la pantalla con retraso y sólo cuando al histriónico presentador le conviene, para coser esas cansinas conexiones, siempre las mismas, siempre con los mismos, baratas y vistosas, que deforman cuando no esconden la realidad que debería interesarnos.  Creemos, nos hacen creer, en el brillo de los flamantes coches, de "alta gama" que ponen en manos de futbolistas, incapaces algunos de conducir su propia vida sin causar algún destrozo, porque se creen únicos, más guapos, más fuertes y más ricos que el resto de los mortales y con derecho a despreciar a quien no está, hombre o mujer, a su nivel y a abusar de ellos, sin respetar su dignidad ni su libertad.
Nos hacen soñar con el triunfo, con la gloria y el dinero que todo lo puede, nos hacen creer que la felicidad consiste en firmar autógrafos, servir de excusa para un selfi, tomar copas en discotecas de lujo o irse a la cama con chicos o chicas llenos de juventud y belleza, como las flores ya cortadas, hermosos cadáveres, dispuestas para lucirlas un día, unas horas, pero sin arraigo, sin pasado ni futuro.
Nos hacen creer que la vida es eso, pero no. Nada más lejos de la realidad. La vida es esa anciana que, con razón o sin ella, te pide para un café caliente cualquiera de estas frías mañanas. La vida es tener lo justo en la cuenta corriente. La vida es tener que esconder el sueldo a los grandes almacenes a los que, en un momento de debilidad, les compraste lo que no podías pagar. La vida es irse a la cama, i no siempre, apenas con un vaso de leche y unas galletas. La vida es no tener agua caliente ni calefacción, la vida es, como le pasó a Ramona en Reus, morir en una habitación helada, asfíxiala por el humo del incendio provocado por la miserable vela que tienes para calentarte.
La vida nada tiene que ver con lo que nos cuentan desde esa ventana por la que pasa trepidante una realidad que no lo es.
La vida tiene más que ver con ese morirse solo como Antonio, el vecino de San Blas en Madrid, sin que nadie te eche de menos en más de cuatro años, sin que nadie repare en tu ausencia o en la triste presencia de tu cadáver hasta que los impagos del alquiler o la hipoteca lleven al juzgado ante tu casa. Cuatro años, una legislatura, cuatro ligas, cuatro champions, un montón de óscars y premios Goya, cuatro inviernos, cuatro primaveras, veranos y otoños sin que nadie se acuerde de ti ni te necesite, cuatro años en los que sólo has existido para la fría e imparable burocracia que, al final, como a Antonio acaba por alcanzarte.
Sin embargo, lo peor de todo es que, lo he comprobado esta mañana cuando buscaba la noticia, el final de este vecino de San Blas, muerto en la misma soledad que le ha velado durante cuatro años, no es tan raro, porque, de vez en cuando, ancianos y jóvenes, hombres y mujeres, acaban sus días solos, lejos de quienes les han olvidado, quizá porque ya no les necesitan.
Al final, la vida no es la que parpadea en la pantalla del televisor. Al final, la vida era esto.

jueves, 23 de noviembre de 2017

RuFIÁN


Algún día, al menos eso espero, acabaremos por darnos cuenta del tiempo que nos ha hecho y nos hace perder este personaje, encantado de haberse conocido, que prácticamente todos los miércoles pone su tenderete en su escaño del Congreso, intentando hacernos ver, creo que inútilmente, lo hábil e ingenioso que puede llegar a ser en la inútil tarea que se ha impuesto de hacer perder los nervios a un personaje tan parsimonioso como Rajoy o, en su defecto, a sus ministros.
El personaje, necesitado de uno o dos hervores más para resultar interesante, no pasaría en un sainete de Arniches o los Quintero de ser ese jovenzuelo díscolo y sin sustancia, ese personajillo, normalmente desocupado, que, desde un segundo plano, lanza sus pullas o ríe las gracias a unos u otros, al que el resto de personajes se refieren como "pollo".
Y eso o poco más es Gabriel Rufián, diputado de Esquerra Republicana de Cataluña, compañero de escaño de Joan Tardá, con cuya actitud tiene poco o nada que ver la suya, al que, me temo, habrá sonrojado más de una vez, una especie de bufón, necesitado de aplauso. al que los medios de comunicación, más dados al chispazo que a la luz han elevado al altar de la popularidad habiendo hecho poco para merecerlo.
Rufián sabe de sobra que esas reglas que desprecia cuando se presenta en el hemiciclo con una impresora, cuando saca de su mochila unas esposas justicieras o cuando ejerce el corta y pega con frases que no son suyas y que aún resuenan dichas por otros en el salón de plenos o se pueden leer en el diario de sesiones, cuando recurre, con voz de cow boy malote, como un Sam Spade aficionado, sabe de sobra que esas mismas reglas que se salta le protegen y le permiten seguir con sus payasadas, miércoles sí,  miércoles también.
Lo mal es que eso que la primera vez tomamos por vistosos y divertido, eso que quizá aplaudieron algunos, acompañando su batir de sus manos con un "ya era hora", ese show, por repetido y falto de trabajo y sustancia, acaba por aburrir, al menos, hablo por mí, a este lado del Ebro. 
Es una pena, pero no es su culpa que ocurra, la culpa está en quienes, ante la dificultad que conlleva relatar con un poso de sentido el contenido de una sesión de control al gobierno, por ejemplo, se limitan a contar el fogonazo de turno, fogonazo que se repite una y otra vez,  en los titulares o en las informaciones y queda en los archivos, a disposición de quienes han hecho del tejido de todas esas salidas de tono, más o menos ingeniosas o divertidos, todo un oficio que da sentido a su profesión y su sueldo.
Rufián es joven aún y está en el Congreso de los Diputados para lo que está, para hacer volatines delante de Rajoy y su gobierno, para ser la "mosca cojonera" que reconforte a quienes desde Cataluña se sienten maltratados, no siempre sin razón, por lo que llaman, esta vez sin razón, Madrid. Habrá que ver como "envejece" este joven diputado, experto en selección de personal, que ha llegado a compaginar su activismo social con trabajar para una empresa especializada en subcontratas. Habrá que ver, dentro de unos años, qué queda de su arrogancia, su altisonancia y, sobre todo, de esa moda imposible que pasea sobre las alfombras del Congreso.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

CIERTO TUFO A INCIENSO


Una vez descubierto el pastel, una vez comprobado que, tras el ímpetu nacionalista, tras todo ese entusiasmo, tras esa fe ciega, ese no hacerse preguntas, esa eficacia a la hora de tocar a rebato para llenar las calles, para tomarlas, apenas había nada, porque nada se había preparado para el futro, uno no encuentra más que la confianza ciega en la providencia, divina o no, como franciscos bondadosos que lo fían todo a su dios.
Demasiado para poder digerirlo con tranquilidad y demasiado inconcebible si no es a través del filtro de una fe ciega en el destino, más propia de los promotores de aquellas cruzadas medievales, en las que se juntaban obispos guerreros y reyes ambiciosos con "lo mejor de cada casa", dispuestos todos a alcanzar gloria y riqueza. Demasiado para un tipo como yo, acostumbrado a ponerlo todo en duda, incluso el genio de Leo Messi, demasiado para quien desde que tiene uso de razón cree que todo ha de poder demostrarse y, por eso, no pisa una iglesia, si no es, y no siempre, por compromiso.
Por todo ello, me tranquiliza saber de la fe católica de algunos de los principales responsables del llamado "procés". Por ello y porque confirma lo que más de un historiador ya había apuntado: que el nacionalismo hunde sus raíces en el carlismo, atrincherado desde que fue derrotado en determinadas zonas rurales en las que, no tan curiosamente, brotó décadas después ese nacionalismo conservador del que hablamos.
No han sido uno ni dos los consellers encarcelados que, ante el juez, han esgrimido sus creencias para justificar su puesta en libertad. Lo ha hecho, por ejemplo, Oriol Junqueras en el escrito en el que se defiende del cargo de rebelión del que se le acusa, escudándose en su condición de creyente que le hace contrario a la violencia, olvidando quizá que aquí, hace casi un siglo los obispos levantaban el brazo, algunos curas llevaban el fusil al hombro y se bendecía a las tropas que entraban a sangre y fuego en las ciudades en poder del enemigo.
Claro que una de las ventajas de los que creen es la habilidad que adquieren para perdonarse faltas y pecados y el aprendizaje de la relativización de la verdad, siempre que la mentira lo sea por una causa justa que, curiosamente, ellos mismos deciden cuál es. Otra ventaja indiscutible es la futilidad de la memoria que les confiere fiarlo todo a verdades absolutas y, sobre todo, al arrepentimiento a tiempo y al perdón que lleva a la vida eterna.
Si todo esto me indigna, que me indigna y cómo, lo que me subleva es el desprecio con que se ha estado movilizando a la gente, empujándola a un combate incierto, contándoles que la victoria es segura y llevándoles a él bajo premisas, promesas, falsas de un paraíso al alcance de su mano que, ahora, se ha tornado en la larga marcha de la derrota en la que, como aquellos cruzados de entonces, cargados con su frustración y el dolor de lo que pudo ser y no fue y lo que, además, han perdido.
También me indigna saber que, como en toda cruzada, los que van a caballo, aparte de correr menos riesgos, cargan en él o sobre las espaldas del escudero el botín, esa vivienda de doscientos metros cuadrados en lo mejor de Barcelona que Artur Mas no quiere perder hasta el punto de andar pidiendo "limosna" y clemencia para evitarlo. Y me indigna toda esa gente que ha hecho del procés su modo de vida, aunque haya sido a costa de paralizar "día sí, día no", una ciudad como Barcelona que, como acabamos de comprobar, está perdiendo a borbotones un prestigio ganado gota a gota durante décadas.
En fin, que, como el misterio de la santísima trinidad, lo del procés parece ser una cuestión de fe, la fe que han puesto muchos, los ciudadanos, en gente sedienta de gloria y con un cierto, demasiado, tufo a incienso.

martes, 21 de noviembre de 2017

EL ODIO, UNIFORMADO


Supongo que a estas horas es ya de dominio público y no sólo en Madrid la triste historia de ese chat indeseable en el que un centenar de policías municipales de la capital mostraban su odio hacia la alcaldesa, Manuela Carmena, hacia los inmigrantes magrebíes, moros en su jerga, a los que "habría que tirar al mar" como "comida para los peces". También, su admiración hacia un grupo de jóvenes que cantan el "Cara al sol". Quizá se hayan sentido sorprendidos por el hecho de que en un cuerpo policial que se pretende moderno y democrático se escondan, aunque sólo a medias, estos personajes que, más que ofrecer confianza y seguridad a los ciudadanos, les llenan, al menos es eso lo que a mí me ocurre, de inquietud.
He de decir que no me he sorprendido del todo al tener noticia de las opiniones expresadas en tan odioso chat. Y, si no me han sorprendido, es porque, a pesar de que, no debo dejar de reconocerlo, la corrección en el trato para con los ciudadanos es habitual en este y otros cuerpos de seguridad, en más de una ocasión he sido testigo de abusos de autoridad y he podido ver alguna que otra pegatina nada tranquilizadora, por ejemplo, en la culata del arma reglamentaria de un agente y he sido víctima de la obcecación de otro que, empeñado en que el conductor estaba obstaculizando el paso de su coche patrulla, tuvo detenido a plano sol y en plena M-30 un autobús municipal con todo su pasaje, hasta que alguien con sentido común, le ordenó dejarnos marchar.
También, como trabajador que he sido de la Cadena SER, he sido testigo de la preocupante simbiosis en que se mueven a algunas horas policías, chulos y camellos, detrás de la radio, a sólo unos pasos de la Gran Vía, Por eso no me sorprenden, todas esas amenazas, a Carmena, a la prensa, todo ese odio al diferente, esos deseos de acabar a sangre y fuego con lo que odian, esa admiración por "la obra" de Hitler. Lo que me sorprende y me preocupa es la tranquilidad con que dan rienda suelta a su basura mental, como creyéndose impunes y respaldados por el resto de sus compañeros.
Afortunadamente, uno de ellos ha roto ese silencio que sólo podía ser cómplice y se ha atrevido a denunciarles ante sus superiores, que han puesto en manos del juez el asunto. Una reacción lógica, aunque quizá insuficiente, porque se supone que habría cabido también la puesta en marcha de una investigación interna que pusiese cara, nombre y número de placa a personajes tan siniestros que, esta misma noche, saldrán armados a la calle, con autoridad para ejercer la violencia, identificar y detener a cualquiera que crean que les mira mal.
Sé, insisto en ello, que son apenas una minoría en el cuerpo, en éste y en otros, y que la mayoría de sus compañeros son excelentes servidores públicos, dispuestos a ponerse en riesgo para defender a sus conciudadanos. Por eso, me parece urgente que se identifique a estos personajes y que se les retire de la calle, donde, a priori, parece peligroso mantenerles con un arma en la cintura. No creo que sea necesario recordar que, entre los asesinos de la dominicana Lucrecia, que hace veinticinco años se convirtió en la primera víctima del odio racista, había un policía nacional, tampoco que, entre los violadores de "La Manada", a los que se juzga hoy en Pamplona por su "hazaña" de los sanfermines de 2016 había un militar y un guardia civil.
No quiero decir, señalándolo, que haya que sospechar de todos los uniformados. Todo lo contrario, lo que deseo es que los responsables de cualquiera de los cuerpos armados que hay en este país limpien sus filas de estos personajes, porque, ni en Madrid ni en ningún otro lugar, debería caber el odio uniformado.

lunes, 20 de noviembre de 2017

EL FOSO DE LA JUSTICIA



Pese a que he conocido en ella las castas, la soberbia, el desprecio por los de a pie y su afinidad con el poder, siempre he visto a la justicia como la última esperanza para quienes creen, creemos, en el Estado de Derecho. En cierto modo, sigo creyendo. Confío en las garantías que ofrece la posibilidad del recurso a instancias superiores, la esperanza que supone, para quien se ha sentido injustamente tratado por un juez o por un tribunal, poder recurrir esa decisión que ha considerado injusta, ante una instancia superior, siempre con más experiencia, siempre con más cabezas en el tribunal que amplíen la mirada sobre el caso.
En teoría nada hay que reprochar al sistema. Sin embargo, los plazos, los costes y todo aquello con lo que la Justicia pretende defenderse de la sistematización del recurso, del "recurrir por recurrir", del "tirar por elevación", por si en instancias superiores el viento soplase de otro lado, hace que la justicia acabe siendo un lujo al alcance de pocos, al alcance sólo de quienes tienen el tiempo y los recursos suficientes para "sostener" un caso durante años en los tribunales.
Por el contrario, eso mismos recursos, ese recorrer instancia tras instancia, utilizados por quienes tienen o han tenido el poder político y económico en sus manos, se convierte en una barrera, en un foso, en el que quienes sólo tienen la razón se ahogan, mientras los otros, los que controlan el poder desde siempre añaden más y más agua para hacer inalcanzable la orilla del resarcimiento justo.
La justicia como esperanza, como arma de defensa, y la justicia como arma ofensiva, no sólo porque ofende, con la que quienes han perdido el poder o lo ejercen en otros campos, atacan a quienes les suceden, a sabiendas de que, aunque, al final, resplandezcan la razón y la verdad ya será tarde o será mucho el daño causado al adversario.
Me estoy refiriendo, creo que no hay que explicarlo, a la ingeniería judicial del PP, diseñada en gran medida por el ínclito Federico Trillo, manifestada em esa ofensiva de recursos con los que el Partido Popular ha bombardeado siempre que ha podido todo lo que no podía controlar en el parlamento o en otras instituciones políticas, buscando subvertir en los tribunales la voluntad de las mayorías.
Fue así como se cepilló en el Constitucional el Estatut que los catalanes votaron en referéndum, ese sí, con garantías, en el año 2006, haciendo caer el polvo, los polvos, en los que creció la frustración de los catalanes, transformada en la avalancha de lodos de los últimos meses, en la que se puso en serio peligro el mismo Estado de Derecho que sólo, al final, el sentido común de unos sumado a la enorme torpeza de otros consiguió poner a salvo.
Lo malo es que es muy difícil convencer al PP de que deje los tribunales en paz, es muy difícil que lleguen a ver que eso de poner trabas a la justicia para que alcance tarde o nunca, a los suyos para alejar el castigo de quienes, ya es oficial, han financiado a su partido, dándole una ventaja insalvable desde la que hacer y deshacer, gobernando para los suyos, ni siquiera para quienes les votan.
En esa fase están ahora en Madrid y Valencia, poniendo palos en las ruedas de administraciones que quieren revertir en favor de los ciudadanos el resultado de años y años de gobiernos injustos que se han lucrado y han lucrado a los suyos, constructores y especuladores, mientras la justicia, la fiscalía, convenientemente infiltradas paraban o aceleraban los procedimientos al gusto de Génova.
Por eso quieren acabar con quienes quieren convertir a Valencia en una ciudad más justa y, por eso, quieren paralizar desde el Ministerio de Hacienda y desde los tribunales todos esos proyectos, todas esas obras, colegios, residencias de ancianos, centros culturales y sociales, que tan necesarios son para los ciudadanos.
Más de setecientos proyectos de ese tipo se han paralizado en la ciudad de Madrid, quizá porque no quieren que Manuela Carmena, la que, mientras fue decana de los juzgados de primera instancia de Madrid, acabo con las "astillas", los sobornos que atrasaban o adelantaban procesos a voluntad, enmiende con éxito la plana a los alcaldes populares que la han precedido, especialmente Gallardón y Botella, que durante sus mandatos rapiñaron lo que era de todos y para todos los madrileños.
Las Justicia como un foso, una trampa, con la que disuadir o ahogar a quienes quieren un mundo, una sociedad, mejor para todos.

viernes, 17 de noviembre de 2017

EXTREMADURA... TAN CERCA, TAN LEJOS


Recuerdo que, tras la revolución de los claveles, hace ya más de cuatro décadas, la madrileña estación de Atocha se llenaba de trenes en los que centenares de españoles, jóvenes y no tan jóvenes, partían para un largo viaje, toda una noche, que les dejaría en un país, hasta entonces olvidado y, por qué no decirlo, despreciado, al que peregrinaban en busca de esperanza y democracia. Recuerdo, aunque sólo de oídas, aquellos viajes, multitudinarios, aquella aventura de la que se volvía con una sonrisa, con la mochila llena de esperanza y con un pasaporte comprometedor porque traía el sello de un país en plena revolución que había dejado al nuestro el dudoso honor de convertirse en la única dictadura vigente en la Europa Occidental y recuerdo, también, aquel eslogan de la Oficina de Turismo de Portugal o como quiera que se llamase incitándonos al viaje con ese sugerente "Portugal, tan cerca, tan lejos".
El tren nocturno cruzaba Extremadura, repleto, para dejarnos en un país distinto, repentinamente más joven y afable. Hoy ya no. Hoy, para viajar en tren a Lisboa ya no se parte de la Atocha del AVE ni se cruza Extremadura, porque España decidió hace años dejar de ar la espalda no sólo a Portugal sino, también a Extremadura, trasladando la frontera del olvido hasta la meseta. Hoy, el tren nocturno a Lisboa sale de la avejentada estación de Chamartín y atraviesa Castilla-León, parando en Ávila y Zamora para entrar en Portugal por la Serra da Estrela, pasar por Coímbra y llegar por fin, tras casi once horas de viaje, a la luminosa Lisboa.
Las vías que cruzaban Extremadura hasta la frontera junto a Badajoz siguen ahí. Lo malo es esas vías, con sus decimonónicas traviesas de madera, con sus raíles inestables, al borde de la rotura, son las mismas de entonces y no hay junto a ellas un solo poste de tendido eléctrico que permitiese el paso de trenes más rápidos, más fiables y más rápidos y, por ello, los extremeños o quienes quieran viajar a Extremadura se ven obligados a hacerlo en trenes que, en el mejor de los casos, tardan más de seis horas en recorrer apenas cuatrocientos kilómetros. Y digo "en el mejor de los casos", porque, con demasiada frecuencia, los viejos trenes se averían, arruinando el viaje de sus pasajeros y los de los que deberían circular por esa vía decrépita y única sobre la que, como una ballena agonizante, se ha averiad en medio del campo, sin calefacción, sin cafetería, siquiera automática, porque, de haberla, tampoco suele funcionar, hasta que, cruzando sembrados, con el equipaje a cuestas, los pasajeros, niños, ancianos y enfermos incluidos, llegan hasta la carretera más próxima, donde un autobús recoge su cansancio y su cabreo.
Una situación, ésta, silenciada hasta el olvido, que sólo conocían los extremeños o quienes tienen a uno cerca, que, perpetuada en el tiempo, dicen que porque, al llevarse la crisis por delante el AVE a Lisboa, España renunció a hacer su parte y de paso a mejorar, mejor dicho, a adecentar las líneas que aún quedan en uso en Extremadura. Una situación arrinconada en los telediarios, las televisiones y las radios del resto de España, hasta que un grupo de extremeños, cansados y hartos de tanto olvido, decidieron plantarse en Madrid caracterizados como el Azarías, la Régula, el bajo y el resto de personajes de "Los santos inocentes" que Delibes inmortalizó como símbolo de la resignación, para, bajo el nombre de "Milana bonita", recordar al mundo que, en la España del AVE, una comunidad de dos provincias, de las más grandes, si no las más grandes del país, no tienen trenes siquiera fiables.
Su tesón y la gravedad de lo que denuncian han llevado a la movilización de miles de personas y, ajora, a la de los políticos, responsables en gran medida del lamentable estado del ferrocarril en Extremadura, que ahora quieren ponerse al frente de la manifestación para rentabilizar la protesta que mañana llega a Madrid. Una vergüenza más, una albarda sobre otra albarda, por parte de quienes han consentido, desde la izquierda y la derecha, desde Rodríguez Ibarra a Fernández Vara, pasando por el viajero Morago, con González, Aznar y Rajoy desde Madrid, han consentido, insisto, que la olvidada Extremadura siga ahí, tan cerca, tan lejos.

jueves, 16 de noviembre de 2017

EL HEDOR DE LA MANADA



Si algo hay más horrible que la salvaje agresión que esos cinco machos recalentados llevaron a cabo en los sanfermines de 2016 contra una joven de apenas dieciocho años a la que violaron en masa, aprovechándose de su embriaguez y su miedo, eso que supera el horror de aquella noche en un portal de Pamplona no es otra cosa que la reacción de una parte de la sociedad, medios de comunicación incluidos, que trata de justificar la brutalidad de quienes se hacen llamar "La Manada", poniendo en duda la actitud de la víctima, acusándola poco menos que de haber consentido, si no incitado, a sus agresores,
Que haya salvajes frustrados en su día a día que necesiten perderse en la multitud y el alcohol de una noche de fiesta para desatar sus complejos más oscuros puedo llegar a creerlo. Lo que ya me resulta increíble es que haya una familia, supongo que habrá en ella madre y hermanas, que, para aliviar la culpabilidad de su "niño" contraten detectives para husmear en la vida de la víctima a la búsqueda de comportamientos o actitudes que justifiquen la salvajada del hijo de su cliente, como esos cerdos que hozan la tierra en el monte, a la búsqueda de las trufas que luego se queda su amo. Desespera y cómo comprobar que la sangre, la tradición y eso que esconden bajo el manto de la cultura sigue valiendo para justificar lo injustificable, para justificar desde el grupo, el clan, y sus falsas razones lo que, de uno en uno y desde el otro lado de la tragedia, aborrecerían.
Pero esa basura está ahí, conviviendo con nosotros, y no es tan difícil toparse con ella. A veces basta con encender el televisor una mañana y encontrarse en él con un tal Nacho Abad, experto en morbo y manipulación, eso que todo buen periodista debería esquivar, al frente de un despliegue tecnológico encaminado a encontrar en las grabaciones que aquella noche hicieron las cámaras de vigilancia de las calles de Pamplona, algún gesto, alguna sonrisa, alguna mirada, que diese a entender complicidad entre la víctima y sus agresores, como si querer pasárselo bien o, incluso, coquetear con uno de ellos pudiese interpretarse como el consentimiento para lo que luego ocurrió.
La defensa de esos cinco energúmenos, todos lo son, sea cual sea su papel en la agresión, argumenta también que la joven, una vez en el portal, no opuso resistencia, ignorando que, ante la superioridad del grupo, el aparente asentimiento, que no consentimiento, no es más que una forma de defensa, una minoración de los daños, en una situación en la que puede estar en juego la vida.
Nadie en su sano juicio puede pensar que, con dieciocho años y en uso de sus facultades, una mujer acceda a dejarse manosear y penetrar de todos los modos imaginables por cinco hombres. Por eso no soy capaz de entender a quienes tratan de justificar lo ocurrido. No soy un pacato en cuestión de sexo y no descarto nada en él, siempre que haya consentimiento consciente entre quienes lo practican. No me puedo imaginar, por eso, en medio de una situación como aquella. Una situación, no sólo buscada, sino anunciada por los agresores, que, camino de Pamplona, imaginando lo que pensaban hacer y una vez cometida su tropelía se pavonearon en "las redes" con el trofeo de la grabación de aquello, como los cazadores posan con su trofeo después de abatirlo.
Produce arcadas saber que compartes la calle o un asiento en el metro con personajes así, pero más las produce que el juez que ha de decidir la pena para los acusados haya admitido la inclusión en la vista de ese informe despreciable de un detective de parte, porque al juez no deben importarle lo que ocurrió antes o después de la agresión, porque una mujer, una mujer cualquiera, no necesariamente la víctima, cuando dice no o cuando, ante la presión de un grupo como aquel, no encuentra fuerzas para decirlo, debe ser protegida por la ley. 
Sin embargo y por desgracia, en ese juicio podemos esperar cualquier cosa, porque la manada, las manadas se manifiestan de muchas formas, dejando siempre su hedor allá por donde pasan.