viernes, 23 de junio de 2017

MAL...TRATADOS

En las últimas horas no se habla de otra cosa: al PSOE, podemizado o por su afán por dejarnos en ridículo, no se le ha ocurrido otra cosa que modificar,, en apeas tres días, su postura respecto al CETA, ese tratado de libre comercio entre Canadá y la Unión Europea, que tantos defensores y detractores tiene, pero que nadie, en especial esa prensa, en tiempos tan de fiar, que, se un tiempo a esta parte, no es más que la voz de ese amo que, como el diablo a Fausto le conservaba la juventud, le paga las facturas a cambio de su alma.
No sé muy buen en qué consiste el tratado. Sólo sé y a duras penas quiénes lo defienden y quienes se oponen a él y ¡oh casualidad! quienes lo defienden, todos de traje y corbata, son prácticamente los mismos, excepción hecha de Pedro Sánchez que tomó parte activa en aquello, que cedieron parte de nuestra soberanía, esa misma que tanto dicen defender, ante el Eurogrupo y la Unión Europea, para que el pago de la deuda estuviese por delante del bienestar y el futuro de ese mismo pueblo en el que, lo dice la misma constitución que alteraron, reside la ya tan menguada soberanía,
También sé que se oponen al tratado los tan adormecidos sindicatos los agricultores y ganaderos y los ecologistas, gente sin corbata, cantamañanas diría Rafael Hernando, que llevan años advirtiéndonos como la voz que clama en el desierto del apocalipsis social y medioambiental que nos ha alcanzado ya y no creo que quede nadie capaz de negar, si no es por intereses bastardos, que la globalización está acabando con el planeta y con quienes vivimos en él. 
De modo que, encomendándome el sencillo método de preguntarme quién dice qué y por qué lo hace, he llegado a la conclusión de que el tratado no me conviene. Y eso que por Canadá siento un especial cariño, al menos por la imagen idealizada que tenemos de ese país, en el que la gente vive seis meses al año sin ver el sol, encerrada en sus casas o bajo tierra y en el que se invierten millones de dólares en preservar la cultura y la lengua maternas de los millones de inmigrantes que la sostienen, pero que apenas gasta un céntimo en preservar la identidad de los nativos originales, indios e inuits, no vaya a ser que se les ocurra reclamar la propiedad de las ricas tierras que habitaban.
No nos conviene por muchas razones, entre otras la de que, como el denostado y ya desactivado por Trump TTIP, los firmantes se comprometen, para dirimir sus conflictos, a encomendarse a extraños arbitrajes, fácilmente manipulables por las grandes multinacionales, ante los que quedaríamos tan desprotegidos como hormiguitas frente a la acometida de un oso.
Sin embargo, de todos los elementos que me han llevado al convencimiento de que un tratado que consagra y agudiza los efectos de la globalización no puede ser bueno ni para mí ni para los míos, lo que quizá me haya ayudado más a colocarme donde estoy es la firmeza y coherencia de la flamante presidenta del PSOE, Cristina Narbona, quien, desde su paso por el Ministerio de Medio Ambiente, ha mantenido una pelea tenaz contra todo lo que pretende sacrificar el mundo tal y como hoy lo conocemos, en aras de un progreso suicida que nos lleva al más terrible de los desiertos. Un camino sin retorno que aún estamos a tiempo de rectificar.
Por eso, si el PSOE va a cambiar el sentido de su voto en la ratificación del CETA, bienvenido sea el quiebro, porque, con él, se acerca más a los intereses de sus votantes que, como muchos ciudadanos, se verían metidos de hoz y coz en un futuro insostenible, en el que ni el trabajo ni el entorno serían ya como los conocemos. Por ello, parafraseando al servil presidente Rajoy, prefiero hacer el ridículo que ser mal...tratado.

jueves, 22 de junio de 2017

PREMIOS


En todos los años que vengo ejerciendo el periodismo he aprendido algunas cosas. Una de ellas es la de entender el porqué de las decisiones de los jurados de algunos premios. Hay premios, en especial los literarios, que no son otra cosa que lo que en el mundo del fútbol equivaldría a los traspasos. Con ellos, se atrae a la editorial que lo patrocina a escritores de renombre a los que, amén de la copiosa lluvia de millones que le corresponden, les corresponde un contrato que blinda para años venideros la relación del autor con la editorial mediante la contratación de futuras producciones. En fin, premios que, más que premios, son fichajes. Hay, por eso, quien dice que, de los ganadores de los premios, en los que hay que fijarse es en los finalistas.
Hay otros premios, de ganador sorprendente, en los que los miembros del jurado, divididos, decretan un ganador, el tercero en disputa, ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo para ceder respecto de sus favoritos. Es gracias a este tipo de decisiones, hay que reconocerlo, que han salido a la luz autores de valía que, de otro modo, hubiesen visto bloqueado su acceso al público.
También en el cine se dan estas anomalías ¿Quién no recuerda media docena de películas, actores o directores, dignos de ser premiados, que son castigados una y otra vez, año tras año, sin que quienes amamos el buen cine podamos entenderlo? Quizá porque el cine además de arte es espectáculo y, sobre todo, industria y, por ello, se atiende más al potencial valor comercial del producto o de sus creadores e intérpretes que a sus valores humanísticos.
Otros premios, también en el cine se sabe de ellos, se convierten en reto o castigo a los sátrapas que, en algunos países han perseguido y persiguen la libertad y la cultura. Ahí están los premios que en más de una ocasión se han otorgado a luchadores por los derechos humanos, a organizaciones que trabajan por y para los más débiles o, por qué olvidarlas, a autores valientes que, con inteligencia y mucho arte, como el inolvidable, Luis García Berlanga, burlaron y se burlaron de la miope censura franquista, que no supo ver los dardos que, uno tras otro, el director valenciano clavaba en el corazón del régimen.
Otra modalidad de premios es aquella en la que el jurado o, mejor dicho, la entidad que representan se premia a sí misma, adornándose con los premiados, razón por la que, la aceptación y recogida del galardón en persona forma parte destacada de las bases del premio. Son, quizá, la excepción, pero hay que reconocer que son muy sonados y que, en efecto, por el mérito reconocido o por la polémica son los más sonados. Que se lo pregunten, si no, a Dylan y el jurado del Nobel. 
Por último, están los premios, honoríficos o no, a toda una vida o a toda una carrera, que se conceden cuando se cree que el premiado está a punto de desaparecer y se convierten en una especie de viático laico, un homenaje tardío que recoge el pobre premiado, a veces con muletas o en silla de ruedas.
En este último grupo habría que encuadrar, a mi juicio, el Princesa de Asturias a la Concordia que un jurado presidido por Javier Fernández, presidente del principado y ex presidente de la ya extinta y nefasta Gestora del PSOE, ha otorgado a la cada vez más decrépita y sin sentido Unión Europea. No sé si ha sido esa la razón para concedérselo, que, tras la pérdida de la estrella británica, que tan bien ha reflejado en su mural el más que grafitero Banksy, o, lo que sería peor hacernos una siniestra burla a quienes la quisimos tanto y creímos tanto en ella. Sobre todo, ahora que estamos asistiendo, sin que nadie descomponga el gesto, al resurgimiento en ella de los peores fantasmas de la intolerancia y, sin olvidar, que el premio se vuelve sarcasmo cuando las playas del sur de la premiada Unión Europea se cubren con los cadáveres de quienes intentan escapar de los infiernos que la unión o sus aliados crean en los países de los que huyen.
El jurado, en una especie de burla sangrienta, premiar la concordia demostrada por una alianza nacida después de la Segunda Guerra Mundial, ahora que se están reproduciendo en esa Europa premiada los mismos tumores que llevaron a ella, y, para más inri, la decisión se hizo pública ayer, apenas unas horas después de la celebración del día mundial del refugiado, de todos esos refugiados que Europa no quiere dentro de sus fronteras. Un premio “honrífico” para quien ya no merece ser premiado.

miércoles, 21 de junio de 2017

NO SABEN NADA...


Hace unos cuantos años, demasiados, conocí a uno de esos personajes que siempre llevan un refrán o una vieja conseja en los labios. Fue en el zoo de Madrid, mientras preparaba con un amigo que allí trabajaba los finales de primer curso de esa carrera de Veterinaria que luego no seguí. Lo cierto es que, no recuerdo a propósito de qué, aquel hombre dejó caer una frase que, a lo largo de tantos años, he visto confirmarse en la vida una y otra vez: "lo importante no es no tener la culpa sino tener a quien echársela.
Ayer mismo, después de comprobar el descaro con que quienes estuvieron al timón de este país a lo largo de ocho años responsabilizaban de todo lo probado en el sumario de la "Operación Gürtel" al pobre Ávaro Lapuerta, uno de los tesoreros del PP implicados que, para fortuna de sus compañeros hoy en el banquillo tuvo la desgracia de sufrir a sus ochenta y tantos años un accidente vascular que le impide ser juzgado. Una circunstancia que, como ocurre a veces con las desgracias, ha conseguido unir a la familia popular, incluido el proscrito Luis Bárcenas, en torno a una estrategia de defensa que persigue hacer responsable, como a los niños en algunas casas, de todo lo robado ¡Perdón! quise decir ocurrido.
La estrategia de quienes ayer se sentaron ayer en el banquillo es clara. No sabían nada de nada, no lo sabían, no les constaba o no lo recordaban, alternativamente, para no aburrir al tribunal o con las tres excusas en bloque del siniestro ex ministro del Interior, Jaime Mayor  Oreja, al que sólo le faltó responder, como la no menos siniestra María Teresa Sáez, corresponsable del "Tamayazo" que dio el gobierno de la Comunidad de Madrid a Esperanza Aguirre, que en la comisión que investigó aquel escándalo en la Asamblea de Madrid, presidida, por cierto, por el recientemente salido de prisión Francisco Granados ¡cuánto delincuente junto! y para no equivocarse o para no cansarse, respondió con un "no a todo" lo que le iban a preguntar, antes, incluso, de que se lo llegasen a preguntar.
No sabían nada, no cobraron nunca ningún sobresueldo, no conocían a nadie, ignoraban el significado de las siglas que aparecían en los estadillos de Bárcenas, no sabían si las generosas donaciones de los empresarios que contrataban con la Administración las hacían por cariño al partido o por... -el frenazo dejó huellas- como le llegó a decir Beltrán Gutiérrez, el Bárcenas de Aguirre, al juez.
Increíble. Yo, por ejemplo, no puedo creer que un tipo tan listo como Rodrigo Rato, que, como hacen las sanguijuelas, allá donde fue a parar, clavó sus dientes para chupar y chupar de todo lo ajeno, fuese público o privado, que tuvo a su alcance. No me puedo creer que un tipo tan controlador y severo como Francisco Álvarez Cascos, el “general secretario del PP”, no estuviese al corriente de todo lo que se movía en el partido mientras fue secretario general con Aznar. No me puedo creer que no conocieran a algunos de los imputados, cuando todos se vieron, el HOLA lo confirma, en la boda de Ana Aznar y Alejandro Agag. Hace falta mucha fe, mucha complicidad o mucha estulticia para creer lo que dijeron ayer tan insignes testigos desde la silla que ocupará dentro de poco más de un mes Mariano Rajoy, cuya legendaria dislexia o lo que quiera que sea, puede llevarle, como en otras ocasiones, a decir lo que no quiere decir, sin plasma y con preguntas, muchas preguntas.
Quizá sea esa, la presencia de Rajoy ante el tribunal, la única esperanza de las acusaciones, porque el resto de los inquilinos de Génova 13 "no sabe nada" y lo digo con secasmo, porque saber lo saben todo y lo saben de sobra, como saben que su única escapatoria es negarlo todo.

martes, 20 de junio de 2017

OTRO PSOE


A veces, para entender los que pasa dentro, hay que mirar hacia afuera. Es precisamente eso lo que está ocurriendo en el PSOE desde que, el pasado domingo, anunció sus intenciones y comenzó a tomar sus primeras decisiones. No hay más que ver las reacciones de los otros, las declaraciones de quienes antes o después volverán a ser sus rivales en las urnas o, quién sabe, sus hipotéticos aliados, para comprobar que Sánchez va por el buen camino.
De memento y desde la experiencia de haber padecido su gobierno durante cinco años, sé que lo que es malo para Rajoy suele ser bueno para los ciudadanos y, aferrándome a esa convicción. no puedo más que felicitarme al ver la inquietud, si no pánico, mal disimulados que la designación de Sánchez y su primera declaración de intenciones, fijándose como objetivo desalojarle de La Moncloa, han provocado en el líder del PP. 
Del mismo modo las acusaciones que desde el mismo PP y desde Ciudadanos se lanzan contra el flamante secretario general socialista de estar "podemizándose" deberían indicarnos que esa es y no otra la senda, la de hacer todo lo posible para conseguir una unidad de acción de la izquierda, la que debería seguir el nuevo PSOE, el recién reconquistado por sus bases, en el futuro.
Han sido demasiados los años en los que los dirigentes del partido han vivido de espaldas a la gente, demasiados los años en los que esos dirigentes, Bono, González. Almunia, Rubalcaba o la misma Susana Díaz, tenían más que ver con los Zaplana, Gallardón o Cospedal y sus amigos que con la mayoría de los militantes de su partido. No sé si porque el roce hace el cariño, lo cierto es que unos y otros habían llegado a tener demasiadas cosas en común, desde asientos en los palcos de los estadios de fútbol a algún que otro negocio poco claro.
Eso, desde ya y, aun siendo pesimista y agorero, hasta dentro de unos años ya no será lo mismo, entre otras cosas, porque los militantes que han creído en Sánchez y le han dado todo su apoyo van a estar muy vigilantes para que toda su ilusión no acabe malográndose como ocurrió con esos otros líderes, a los que emborracharon el poder y la confianza de los electores, hasta el punto de dejarles ciegos y sordos para los problemas de los ciudadanos.
Al otro lado del arco político, Podemos parece también querer hacerle los deberes a Sánchez, algo a lo que Iglesias ya está acostumbrado, olvidando que el Pedro Sánchez marioneta de González y sus interesas con el que negoció la investidura tiene poco o nada que ver con el Pedro Sánchez crecido y autónomo que ha resurgido de las primarias, con el que tendrá que hablar, no desde la soberbia que justificaba el imposible, sino desde la deseable colaboración que esperan los votantes de uno y otro.
Está claro que el PSOE de hoy no es el de hace tan sólo una semana y, e so, bien lo saben quienes se jugaron todo a la carta de la continuidad de Susana Díaz. Por eso los Lambán, los García Page y los Tximo Puig o la misma Susana Díaz están cavando trincheras en torno a su fortín, acopiando fuerzas para tratar de impedir que esa marea de renovación que parece haber despertado tantas ilusiones en quienes queremos que todo esto cambie desde el pasado fin de semana.
Creo que, mientras no haya elementos que garanticen el éxito de una moción de censura, lo más útil va a ser el desgaste parlamentario, algo que, con la gestión del grupo parlamentario que, no me cabe duda, hará Margarita Robles va a confirmar que "cuanto peor -para Rajoy, claro- mejor para todos". Parece que desde el domingo hay otro PSOE, uno que en los primeros años de la democracia fue capaz de colaborar con el PCE para comenzar a cambiar este país. Esa es la única salida, porque, como  dice el lider de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, quien, por cierto, encarnó el domingo la primera representación del sindicato en un congreso socialista, "si alguien en la izquierda  piensa en llegar a La Moncloa en solitario, se equivoca". Esperemos que se den cuenta de ello y que se vuelva a aquella fraternidad perdida y que lo que viene se parezca en todo, menos en la vergonzante deriva que tomo luego. 

lunes, 19 de junio de 2017

FELIPE SE PASA AL PLASMA


Por extraño que parezca, Felipe González no pudo incluir en su agenda un hueco para pasarse por el pabellón de IFEMA en que su partido, ese que tanto parecía interesarle antes de que Pedro Sánchez volviera a ganar y con rotundidad las primarías. Ni siquiera celebrándose en fin de semana y de que la cita para la máxima asamblea del PSOE, el partido para el que él lo fue todo durante un tiempo y que, para él mismo, también lo fue todo, se conocía desde hace tiempo, González tuvo intención de cambiar las fechas de su viaje a Colombia. Algo que, no tengo la más mínima duda, hubiera hecho si, en lugar de Pedro Sánchez, "ese chico que no vale, pero nos vale", el congreso hubiese refrendado en la secretaría general socialista a su "pupila" Susana Díaz.
Nadie puede quitarme de la cabeza que Felipe, me cuesta quitarle cariñosamente el apellido, que tardo casi, o sin casi, cuarenta y ocho horas en pronunciarse sobre la victoria de Sánchez en las urnas, donde un militante es un voto, trato con su ausencia de hurtarse al veredicto con el que, por activa o por pasiva, aclamándole o recibiéndole con un frío aplauso de compromiso, los compromisarios iban a premiar o castigar su falta de imparcialidad, al colocarse desde su cómodo retiro de vieja gloria al frente de la conspiración que descabalgó a Sánchez de la misma secretaría general que había ganado en las urnas y que ahora de la mano de más de la mitad de los militantes ha recuperado.
Orgulloso y soberbio como es, no quiso arriesgarse tanto. Por eso no faltó a la cita, por eso no quiso estar presente en esa que es la máxima expresión de la democracia en un partido más acá, claro, de las urnas libres. Por eso interpuso entre sus "compañeros" y él una pantalla y un mensaje grabado, en el que empleo más tiempo en excusarse que en los buenos deseos a la nueva dirección del partido. 
Quizá hizo lo correcto, porque, dado su carácter, quizá no hubiese sabido reaccionar ante el mínimo gesto de hostilidad. Lo que es seguro es que no se hubiese sentido cómodo allí, en un escenario en el que predominaba el rojo del "Sí es sí", con el que Sánchez recuperó la confianza de las bases y derrotó en las urnas a la candidata que apoyaba el aparato, apoyado por la prensa y por la banca. Estoy seguro de que no se iba a encontrar a gusto en un congreso sin esa sintonía electoral, mejor dicho, comercial, aquel "Carros de fuego", con el que tantas elecciones ganó. Estoy seguro de que el canto de la Internacional, puño en alto, hubiese incomodado a quien tan acostumbrado está a los agasajos de sus amigos empresarios, incluidos Carlos Slim y Juan Luis Cebrián, que se ha jugado el diario EL PAÍS a la carta de Susana y lo está perdiendo.
No. Felipe González ya no recuerda los tiempos de la pana. Mucho menos parece recordarlos Alfonso Guerra, que, ahora, se descuelga con medidas apocalípticas para Cataluña, medidas como suspender la autonomía catalana, más propias del xenófobo dirigente popular Xavier García Albiol que de quien tanto ha presumido de sus raíces obreras.
Definitivamente no. Felipe no se hubiese sentido a gusto en el congreso de un partido que ha decidido hacerse mayor, ha decidido dejar de comportarse como una empresa, para volver a ser un partido y no sólo un partido, un partido de izquierdas, un partido para las bases y no para sus dirigentes, un partido en el que unos pocos dirigentes, los barones, no impongan sus ideas, tras las que esconden intereses no siempre confesables, a las bases y a la ejecutiva. Está claro que no. Quizá por eso, Felipe se ha pasado al lado oscuro de la política, ese en el que se refugian los que soportan mal el contacto con la gente. el juicio de la gente. Quizá por eso también Felipe se ha pasado al plasma.

jueves, 15 de junio de 2017

LOS RECORTES MATAN


En el Londres victoriano que tan certeramente dibujó Charles Dickens en sus novelas, los pobres se hacinaban en callejones húmedos e insalubres, en los que se acumulaban suciedad que compartían. junto a las aguas estancadas las ratas portadoras de enfermedades y los niños demasiado pequeños aún para trabajar en talleres, fábricas y minas. Hoy no. Hoy los callejones crecen hacia el cielo, hoy son torres de pasillos y escaleras estrechas, en las que hacinan los de siempre, los menos afortunados, los inmigrantes, los parados, los ancianos sin recursos, todos, con sus niños y sus problemas. 
Por eso la tragedia que desde hace dos noches conmueve al mundo no surge de las páginas de alguna novela escritas por el genio británico, entre la denuncia social y el culebrón, con buenos y malos, con héroes y villanos que se mueven entre la miseria y la grandeza, no. La tragedia nos asalta en el salón de nuestras casas o en esa cafetería con el televisor eternamente mudo que escupe sus imágenes a quienes apuran un café o una caña en la barra. La tragedia no es esta vez la historia de una imparable caída a las cloacas que vierten en el Támesis. La tragedia es hoy una torre, una tea virulenta, en la que se hacinaban centenares de personas, de todas las edades, también con ancianos y niños, enfermos y sanos, de todos los colores, lenguas y religiones, a lo que lo único que les unía era la desgracia de no poder vivir en otro sitio más que allí, hacinados en torres, porque la sociedad "alegre y confiada" de siempre necesita ahora sus callejones junto al río para disfrutar de cenas y cervezas en sus terrazas. Sus torres son como esas cajas de zapatos, puestas unas encima de otras, en las que se oculta lo que no se quiere ver.
La torre Grenfell, la que ardió hace dos noches está relativamente cerca de Hyde Park, en el barrio de Notting Hill, hoy "gentrificado", pero tradicionalmente habitado por inmigrantes procedentes de las colonias británicas del Caribe. Estoy seguro de que en esa torre se había "refugiado" mucha de esa gente, a la que los "gentrificados" precios de sus viviendas" de siempre", había expulsado hacia las alturas, en una torre remodelada y "adecentada" en su exterior con unos paneles plásticos, baratos y fáciles de instalar, que se convirtieron en la brea que toda buena tea necesita para arder sin remedio.
No me cabe la menor duda de que gran parte de la responsabilidad de lo que ha pasado con la torre Grenfell hay que buscarla en esa marea especulativa que arrastra a quien no puede resistirse hacia ratoneras sin condiciones de comodidad, salubridad y seguridad, mientras "los de siempre" se quedan con sus casas, humildes, pero con encanto, para adecentarlas y ponerlas a disposición de quienes sí pueden pagarlas.
Se hace necesario investigar ceniza por ceniza las causas de ese incendio. Habrá que saber por qué no se emplearon en la remodelación materiales seguros y adecuados, habrá que saber por qué las alarmas contra incendios no funcionaron, habrá que saber por qué no se atendieron las quejas de los vecinos que advertían que, tal y como estaba el edificio, forrado de material altamente combustible, el que se produjese un incendio era sólo cuestión de tiempo.
Pero nadie les hizo caso. Para la mentalidad de "ratas de despacho" de los responsables de turno, lo único que importaba era que la reforma se había hecho y que había sido barata. El resto no importaba.
Desde que Margaret Thatcher llegó al poder eso es lo único importante: no gastar para poder bajar los impuestos, siempre a los ricos, los suyos, con la complicidad, eso sí, inconsciente y necesaria de roda esa gente que de una manera suicida les cree, sin pensar que puede acabar sus días encerrada en una torre en llamas, barata, pero en llamas. Pero no sólo el Reino Unido y no sólo la derecha se apuntó a la guerra de impuestos desatada entonces. Las recetas contra la crisis que se aplican desde Europa son hijas de aquella política de privatizar lo público, trenes, viviendas, hospitales y todo lo demás, para, con la excusa de modernizar la gestión, repartir el botín entre los amiguetes.
Hoy sabemos, también en España, que los recortes matan, día a día y en silencio, a los ancianos y enfermos que deben privarse de las medicinas que necesitan por no poder pagarlas, a quienes se quitan la vida que ya no tiene sentido para ellos sin trabajo, sin hogar, sin esperanzas. Pero, y por desgracia, también sabemos que matan obscenamente, escupiéndonos sus muertos a la cara en los telediarios, sin que sepamos muy bien, al menos yo, como nos dejamos hacer lo que nos hacen.

miércoles, 14 de junio de 2017

DESINFECCIÓN INTENSA


Uno tiene a veces la sensación de que no existe la realidad que vive o la de que, al menos, existen dos realidades superpuestas. una la que le ha tocado vivir y percibir con sus sentidos y, otra, la que viven y perciben los otros, entendiendo por esos otros a quienes tienen un micrófono, una cámara o la cabecera de algún periódico a su servicio.
Me pasó ayer con el debate de la moción de censura contra Rajoy que me tomé la molestia de seguir con mis ojos y oídos y que tenía poco o nada que ver con los resúmenes que de ella se hacían en los telediarios y boletines radiofónicos. Sin ir más lejos, yo que, lo re estaba más bien predispuesto en contra de la portavoz, quedé gratamente sorprendido por su capacidad para resumir en poco más de dos horas de discurso la historia reciente de la corrupción en España. Sin embargo, tras una primera y sincera opinión de Joaquín Estefanía, que llegó a decir a propósito de su intervención que, con ella, había nacido una estrella parlamentaria, la máquina del poder mediático se puso de nuevo en marcha, rebajando los elogios, cuando no, ridiculizando sin piedad a la portavoz y firmante de la moción de Podemos. 
Nadie había hecho hasta ahora, menos en sede parlamentaria, una disección tan metódica y eficaz del mapa de la corrupción española. Nadie había descrito hasta ahora, con todo lujo de detalles, a todos y cada uno de los agentes de la corrupción, nadie los había colocado en los escenarios de sus tropelías, nadie los había situado en los palcos de los estadios de fútbol, en los cursos de verano y las jornadas que las empresas organizan con cualquier motivo o en los salones y comedores en los que, a costa de nuestros impuestos, se cierran negocios y comisiones por quienes están en disposición de sobornar y quienes lo están para dejarse sobornar y adjudicar negocios a cambio.
Fue tan minuciosa la descripción y la enumeración de escándalos en los que se ha visto implicado el PP que Rajoy se vio obligado a "quemar" tras la intervención de Montero el discurso que traía escrito de casa contra Pablo Iglesias, un discurso ajeno a lo escuchado a Irene Montero desde la tribuna y que, como tiene por costumbre, llenó de "chascarrillos" y de citas difíciles de creer en quien apenas lee otra cosa que el MARCA. Un discurso que, a quienes no quieren oír algunas cosas, especialmente la verdad, les pareció no sólo brillante, sino demoledor.
A mí, que, para monólogos, prefiero algunos canales especializados y que, para humoristas me quedo con los profesionales, el de Rajoy me pareció un discurso decimonónico y vacío, con olor a naftalina y propio de un modo de hacer política, de espaldas a la gente, que deseo ver desterrado de mi país. Es ese tipo de discursas, lleno de grandilocuencia y de ripios, de fuegos de artificio tras los que ocultar la vaciedad del mensaje. Sin embargo, como dejó sentado la factoría Moncloa, es ese el discurso que prefieren, porque, como dijo una "fuente" del Gobierno, es preferible mentir a aburrir.
Si es por eso, Rajoy cumplió con el propósito, porque tras su socarronería, estropajo incluido, apenas hubo verdades ni respuestas, ni siquiera en esas letanías de datos que diligentemente le suministran para estas ocasiones, convenientemente filtrados, claro está, de disgustos. Lo hacen a la perfección, no puedo negarlo, porque con una frasecita de aquí, un gesto de allá, un comentario generoso y poco más, convencen a quienes, por conveniencia, quieren ser convencidos.
También se dice que tanto esfuerzo, discursos de más dos y más de tres horas, y una larga ristra de réplicas y contrarréplicas, resulta inútil. Y no es verdad, lo dice quien se las prometía felices, con la moción liquidada en una sola sesión, y tiene que verse encerrado un día más al menos en el edificio del Congreso. Mala suerte, aunque creo que, para el resto, resulta más que útil escuchar los que tienen que decirnos nuestros representantes.
No cabe duda de que el centenar largo de folios que, uno tras otro, leyó Pablo Iglesias en la tribuna amargaron a más de uno la comida que llegó tarde y a deshora, un incordio que no fue otra cosa que la respuesta de Podemos a los planes perfectamente diseñados por el tándem formado por Rajoy y su amiga Ana Pastor para hacerse con los titulares de las primeras ediciones de los telediarios. Era su derecho y a fe que lo aprovecharon. Hoy, serán Ciuddanos y el PSOE quienes tomarán la palabra. Y no es de esperar que unos y otros aporten nada sensacional, porque nadie se moverá un milímetro de sus posiciones habituales. Y, menos, a sólo unos días del congreso en el que Pedro Sánchez se entronizará de nuevo como el secretario general socialista que ya fue, para disgusto de Rajoy.
Pocas novedades, salvo la confirmación de que como dijo Pablo Iglesias, con o sin él estropajo que el líder del PP le atribuyó, el PP necesita una desinfección intensa, tan intensa como la desparasitación que está necesitando España.