lunes, 18 de diciembre de 2017

CÓMO ME ABURREN


Qué ganas tengo de que pase el jueves y, con él, esta enorme penitencia que estamos padeciendo millones de ciudadanos, catalanes o no, independentistas o no, interesados por la política o no, que nos vemos obligados cada día a escuchar lo que unos y otros se dicen en esta tediosa campaña que lo único que tiene de bueno es que acaba mañana, en el caso de Esquerra a las puertas de la prisión de Estremera, en medio de la nada y, supongo, que con temperaturas bajo cero, para las que les vendrán que ni pintadas esas horrendas bufandas amarillas de las que han hecho su marca electoral.
Van a necesitar las bufandas quienes acudan a dar su apoyo y su voto a Junqueras quien, después de semanas de cárcel, no ha dudado en marcar distancias con Carles Puigdemont, esas diferencias que siempre hubo en privado y que, ahora, no ha dudado en expresar ante el teléfono de una cadena de radio catalana. Hoy o cuando quiera que se grabase la entrevista, Junqueras ha dejado claro que el sí asume la responsabilidad de sus actos, como dando a entender que Puigdemont, quitándose de en medio, no lo ha hecho. Y le entiendo, porque, por bueno y abundante que sea el rancho de la prisión, por amables que sean sus funcionarios y el resto de reclusos, debe sublevar verse allí dentro, mientras su compañero de aventuras se pasea por las calles de Bruselas, habla con la prensa cuantas veces quiere y se permite enviar regularmente sus "clips" a los mítines de su partido. 
Por lo demás, aburrimiento, mucho aburrimiento. Todo ese aburrimiento que produce lo ya visto, más, cuando lo que se dice ni es nuevo ni es interesante. Todo porque los políticos españoles se han acostumbrado a trabajar lo justo, hablar para esa fracción de minuto que por ley les dan en los telediarios, a soltar e discurso de marras en distintos escenarios con distintos públicos, a veces limitado a los necesarios para llenar el cuadro de la cámara, y, todo lo más, a atender a la prensa que les trae las nuevas de sus rivales o de asuntos trascendentales, sobre los que, quieran o no, sepan o no, se ven obligados a dar una opinión,
Por todo lo anterior, la sal y la pimienta de las campañas las ponen los artistas invitados, todos esos compañeros de partido, los de gobierno. que, en otros escenarios, sin la tensión, o quién sabe si el tedio, de estar en campaña, se salen del guion y colocan un mensaje distinto, no siempre medido, que, como el de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, convenientemente tergiversado y exagerado, pasa a ser argumento en la campaña, permitiendo a los ya fatigados candidatos, añadir un párrafo, apenas unas líneas a su discurso, para, con ese tono de voz in crescendo que emplean los oradores, provocar el rugido de la audiencia, como  si a cualquier fiera enjaulada se le hunde un palo en las costillas.
Nadie parece haberse parado a pensar que lo que dijo la señorita Rotenmeyer del gobierno, doña Soraya, era absolutamente cierto. Porque, en efecto, Rajoy descabezó a los independentistas, pero no mandándolos a la cárcel o a ese aburrido "exilio" de Bruselas, que eso lo han hecho los jueces o los mismos "exiliados" con su huida. Lo que dijo la vicepresidenta hacía referencia a su cese, producido en aplicación del maldito 155, que les aparto del poder ejecutivo y todas sus ventajas. Y, a pasar de que fue eso y no otra cosa lo que dijo, ya nadie puede apear a los soberanistas de ese discurso de la no separación de poderes, con anuncio de querella contra Sáenz de Santamaría incluido, querella que, espero, no acaben materializando, para no hacer una vez más el ridículo.
Del mismo modo, al candidato de los socialistas catalanes, Miquel Iceta, le han llovido también de todos los colores por haber sacado en campaña el asunto del indulto, que el no propuso conceder, porque es claro que no puede hacerlo, puesto que es potestad del gobierno. Únicamente se limitó a decir que, si son condenados -estamos hablando de largos meses, si no años-. apoyaría la petición para indultarles.
En fin, está claro que, si los partidos no respetan sus promesas, a viva voz o por escrito, cómo iban a respetar la veracidad de lo que se atribuye a otros candidatos, especialmente si les viene bien que lo hayan dicho para, con la crítica feroz por su parte, enardecer a un auditorio., Por eso, por todo eso, me aburren y no sabéis cómo.

jueves, 14 de diciembre de 2017

NO TIENEN NI IDEA


A una semana de las elecciones y después de otra de campaña, es poco lo que tengo claro. Quizá la única certeza que me queda es la de que los candidatos independentistas, uno en un exilio virtual y literario, cuatro en prisión y otros, junto a ellos, con la hipoteca de importantes peticiones de penas sobre sus espaldas, lo único que pretenden es la ruptura con el estado español, del que forma parte, aunque sea a su pesar, Cataluña, para, así, poder escapar de ese oscuro futuro judicial que les espera.
Ya digo que eso es de lo poco que he podido sacar en claro en los días que llevamos de campaña, porque, de lo otro, de lo que me preocuparía si viviese en Cataluña, el paro, la sanidad, la enseñanza, las infraestructuras, las pensiones o la dependencia, nada o apenas nada se está diciendo. Todo se reduce a hablar de rejas y grilletes, de cargas policiales o de ese "millar de heridos" imposible de constatar que el primero de octubre dejó la Guardia civil delante las urnas de un referéndum que, por su ilegalidad y sin garantías, nunca debió celebrarse.
De eso se habla y de un número, el 155, causante, al parecer, de todos los males que aquejan hoy a los catalanes. No se habla de la inseguridad jurídica en que quedarían los casi tres millares de empresas que han salido de Cataluña, asustadas ante la posibilidad de quedar fuera del mercado único y de la seguridad, relativa, pero palpable, que les proporciona la pertenencia de España a la Unión Europea, con su sistema bancario como paraguas protector.
Tampoco se habla de los servicios públicos ni de la corrupción que provoca que, a uno y otro lado del Ebro, un saco de cemento para una obra pública, un pupitre para que estudien nuestros hijos y nietos, una cama de hospital o un kilómetro de ferrocarril o carretera cuesten, como mínimo, un tres por ciento más de lo que deberían costar. De eso no, no vaya a ser que los electores descubran que no son tantas las diferencias entre unos y otros.
Me queda el consuelo de pensar que la realidad no es tan decepcionante como la percibo, que lo que ocurre es que sólo nos llega una parte del debate y no la más interesante sino la que a la prensa y sus gestores les parece más vistosa, esa que convierte cualquier debate entre candidatos en un programa de cotilleo de Tele 5, con sus insultos y todo.
De no ser así, los electores seríamos más críticos y menos pasivos. De no ser así, quienes son capaces de aprender, entender, criticar y proponer alternativas al sistema de juego de un equipo de fútbol, se interesarían con igual entusiasmo por los programas electorales de los partidos, estarían vigilantes ante sus políticas y seguirían con criterio los debates en el parlamento.
Pero no. A ningún gobernante o a quien aspire a serlo le interesa sentir en su nuca el aliento de sus votantes, a ninguno le gustaría que leyeran por encima de su hombro sus papeles, sus notas, sus agendas - ahí está la de Juvé, número dos de Junqueras- porque quizá cayeran en la cuenta de que lo suyo, lo de los políticos, tiene poco que ver con sus problemas. Y es que, a ellos, a los políticos, se les llena la boca de ideas abstractas, de conceptos etéreos, difíciles de traducir en todo eso que necesita el ciudadano, trenes, escuelas, carreteras, hospitales o residencias de ancianos. Se les llena la boca de eso, porque, de lo otro, como reconoció ayer el diputado de ERC, Joan Tardá, el mismo que se sienta al lado del alegre y combativo Gabriel Rufián, no tienen ni idea.
Saben que, para su gente, los demás les dan igual, lo importante es proclamar la república catalana y cómo conseguirlo. Lo que no saben es qué hacer después, cómo implementar. De eso, insisto, no tienen ni idea.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

PONGAMOS QUE HABLO DEL PP

Si votas al PP y no tienes un seguro médico privado, procura, en estos días, no ponerte enfermo como para ser atendido en el servicio de urgencias de un gran hospital, porque, si acabas en él vas a probar, nunca mejor dicho, de tu propia medicina.
Allí, en pasillos o en salas abarrotadas con camas, entre las que es imposible moverse, entre quejidos de dolor, broncas y discusiones, vas a tener tiempo d echar cuentas y ver adonde han ido a parar esos pocos euros que ni siquiera dan para una comida de capricho, que te ha rebajado tu partido en los impuestos a cambio de tu voto. Vas a tener tiempo de pensar, entre profesionales al borde del ataque de ansiedad que, sin embargo, anteponen tu salud a la suya, mientras esperas que te lleguen el diagnóstico y el alta o la cama, vas a tener tiempo de pensar si no era mejor renunciar al capricho y pagar en impuestos una parte proporcional y justa, no una miseria, para que tú y otros como tú, más ricos o más pobres, tengan acceso a esa salud y esos cuidados, a esa dignidad en el dolor que la Constitución que tanto invocan y tanto te piden que defiendan, te reconoce.
Los que, como yo, tengáis unos cuantos años y memoria para ello quizá recordéis aquellos años de la Dama de Hierro, Margaret Thatcher, años en los que, envuelta en la bandera que hizo volver a ondear en las Malvinas, recortó por aquí y por allá, arruinó a los mineros y a sus familias y acabó con aquel Estado de Bienestar, orgullo nacional, que tanto asombraba a quienes iban a Londres para estudiar, para trabajar o para hacer turismo
Eran los tiempos en los que los telediarios se llenaban de imágenes de las protestas de los mineros, de aquellas cargas implacables y aquella cerrazón en no atender sus reivindicaciones, hasta doblegarles y dejarles sin el que había sido su medio de vida y el de sus familias. Fueron los años en los que las cuentas públicas se saneaban vendiendo lo que era de todos, años en los que una gran mayoría de los servicios que son imprescindibles para cualquier actividad pública, el mantenimiento, por ejemplo, se externalizaban, para dejarlos en manos de empresas que, con personal y presupuestos imposibles, se vacían con contratos trampeados.
Fueron los años en los que a los británicos se les vendieron esas viviendas ridículas, aunque dignas si eran mantenidas y reparadas por su ayuntamiento, convirtiéndoles en propietarios de esos agujeros por las que ya no pagan un alquiler pero que les cuestan mucho más en mantenimiento si no quieren verlos convertidos en los agujeros inmundos en que, por desgracias, se han convertido la mayoría.
La Thatcher les vendió sus casas y las dejo a su suerte, al tiempo que les compró el voto con lo que fueron ellos mismos los que quedaron a su suerte. Luego vinieron las averías y los accidentes en los ferrocarriles, algunos con víctimas mortales, a causa de un material cada vez más deteriorado. Luego vinieron los hospitales más dotados, con su personal mal pagado y agotado, hospitales en los que cada vez faltaban más cosas y en los que se daban cada vez menos servicios, hospitales atendidos por personal de otros países, porque los británicos ya no querían estudiar para médicos o enfermeras.
En unos pocos años, los del liberalismo salvaje de la Thatcher y sus discípulos, los ferrocarriles, las escuelas y los hospitales británicos se convirtieron en irreconocibles.
Aquí, está pasando. Las cercanías, primero en Cataluña y ahora en Madrid, fallan un día sí y otro no, coincidiendo con la obsolescencia de su material, los hospitales se colapsan por falta, no de camas, que también, sino del personal que las atienda, las escuelas públicas, abarrotadas de niños, con sus profesores agotados, están dejando de ser el sendero por el que los humildes podrían llegar a ocupar los puestos de decisión en esta sociedad cada vez más injusta y egoísta.
La Thatcher se envolvió en la bandera y se apoyó en el patriotismo ciego de sus compatriotas para crear "oportunidades de negocio" para sus amigos. Rajoy está sacando partido a una tragedia como la catalana que, en gran parte es consecuencia de su pérfida apatía, Los hospitales españoles son ahora incapaces de soportar los "picos" de una gripe y su personal está al borde del agotamiento, supliendo con voluntad y profesionalidad la falta que de ellas tiene los gestores de los mismos. Hablábamos del Reino Unido y de la Thatcher. Ahora, pongamos que hablamos de España, del PP y de Rajoy.

martes, 12 de diciembre de 2017

ENVIDIA


Tengo envidia, lo confieso. Envidia nada sana, porque ninguna lo es, de la mitad de los catalanes. Mejor dicho, de casi la mitad de los catalanes. de esa casi mitad de catalanes que creen que, de todo lo malo que les pasa, la culpa la tiene eso que llaman "El Estado", como si ellos y sus gobiernos no lo fuesen, no lo hubiesen sido. Tengo envidia de toda esa gente que, como los fanáticos de las series. tienen a su servicio un equipo de magníficos guionistas, eso hay que reconocérselo, que todos los días, qué digo días, que, a cada minuto, reescriben para ellos la realidad, acomodándola a su pensamiento, convenientemente podado y cultivado, definitivamente modificado, para que, con dos o tres verdades y poco más, interpreten el mundo sin zozobra.
Lo de ayer, el traslado de los llamados "bienes de Sijena" al monasterio oscense de Santa María de Sijena, del que nunca debieron salir, es un ejemplo claro y lo es por muchas razones, de lo que trato de expresar. Sin ir más lejos, los centenares de personas que desafiaron al frío de la mañana frente al museo diocesano de Lleida para tratar de impedir que las cuarenta y cuatro obras de arte compradas irregularmente a las monjas, nunca monjitas de Santa María. Irregularmente, porque las monjas, mayores de edad y en perfecto uso de sus facultades, sin tener derecho a ello, ya que el monasterio es monumento nacional, se las vendieron a funcionarios de la Generalitat de Catalunya, mayores de edad y perfecto uso de sus facultades, con lo que la operación fue casi una receptación. más propia del viejo Rastro madrileño que de un organismo gubernamental.
A lo que iba, daba gloria, como señalaba hoy Toni Garrido en la SER, ver a trescientas personas manifestándose delante de un museo, en defensa de unas obras de arte que consideraban suyas. Eso. claro está, siempre que accedamos a creer que lo hacían por el valor artístico de las piezas y no por un perverso sentimiento de posesión, convenientemente alimentado por quienes hasta hace menos de dos meses les gobernaban y ahora tratan de volver a hacerlo sin enmienda, a pesar del desastre económico en que, al parecer, han sumido a Cataluña.
Digo esto, porque me hubiese gustado que todos los allí concentrados y muchos más hubiesen hecho otro tanto para impedir que las casi tres mil empresas que han sacado su sede social de Cataluña lo hiciesen o, al menos, para protestar por ello y contra sus responsables. Pero no, esa huida, ese exilio empresarial no pareció afectar o, cuando menos, importar a los fanáticos del juego de tronos en que les han sumido los independentistas. Tampoco ha parecido importarles, y me parece casi más grave, al govern de Catalunya o al de España que, lejos de preocuparse, se frotaba y se frota las manos por el mencionado exilio.
Y no sólo eso. También cosas más evidentes se nos escamotean, después del consiguiente maquillaje de la realidad. Bueno, no exactamente, porque, como Don Quijote y Sancho, con los gigantes y los molinos, donde todos vimos a los mossos d'esquadra blandiendo sus porras contra los concentrados, otros ven a una fuerza militarizada -la Guardia Civil- poco menos que expoliando, con ayuda del 155, los bienes de todos los catalanes. Nada más lejos de la realidad, porque los guardias civiles, como policía judicial que son, se limitaron a dar cumplimiento a la orden judicial, varias veces recurrida y confirmada, de devolver las piezas al monasterio aragonés de donde procedían. Los porrazos, las patadas y algún rodillazo que pudimos ver en televisión, los dieron los mossos, encargados de despejar los alrededores del museo para facilitar el traslado.
En fin, un ejemplo, sólo un ejemplo de la suerte que tienen esa casi mitad de los catalanes que, pase lo que pase y vean lo que vean, están dispuestos a creer todo lo que les cuentan sus gurús, aunque la realidad con todo su peso se les venga encima.

viernes, 1 de diciembre de 2017

¿CREE EL LADRÓN... ?


Me sentí muy ofendido ayer, cuando escuché a Sergi Sabrià, portavoz y jefe de campaña de Esquerra Republicana de Catalunya, anunciar que su partido estaba reclutando hasta seis mil interventores que, sumarlos a los ocho mil que suele convocar en cada convocatoria electoral, velarían para impedir un "pucherazo" el próximo día 21 de diciembre.
Sabrià está en su derecho de movilizar a su gente como quiera. Si algo ha quedado claro es que sus convencidos, además de muchos, lo son mucho y que los militantes y simpatizantes de ERC tienen necesidad, como los árboles necesitan el agua, de que alguien riegue sus convicciones con el agua del agravio, la duda y el martirio.
Y no sólo eso. Creo que ERC y tanto o más el PDECat llevan das, si no semanas, curándose en salud de la posibilidad de que las urnas no les sean tan favorables como, de momento y sobre el papel, les son las encuestas. Tienen miedo de que el daño causado a la economía y el empleo el "procés" les pase factura, cuando los ciudadanos, los convencidos y todos los demás, incluidos los que hasta ahora "pasaban" de votar, una vez solos ante las urnas, ejerzan su derecho a expresarse con garantías, libre y discretamente, para expresar su conformidad, o no, con lo que ha venido ocurrido en los últimos meses, reconfigurando o dejando tal cual el Parlament que surja de las urnas.
Las veladas acusaciones de Sabrià ofenden. Entre otras cosas porque este país lleno de defectos, con una democracia imperfecta que permite gobernar a partidos como el que nos gobierna, pero que no ha dejado lugar a la duda sobre resultados de los centenares de convocatorias electorales, autonómicas, generales o locales que, en cuarenta años de democracia, imperfecta, pero democracia, que llevamos ya a nuestras espaldas.
Es muy feo y un tanto canalla eso de sembrar la duda entre los ciudadanos. Sobre todo. porque, en estas, como en el resto de elecciones, hay un ejército de ciudadanos que, como interventores de todos los partidos, como funcionarios, de justicia o de policía, evidentemente también los mossos, velan, con la supervisión de las juntas electorales correspondientes por la limpieza de éste y los demás procesos.
Me temo que lo que ocurre, es que, si como parece que está a punto de ocurrir, el Supremo pone en libertad a los jordis y a los ex consejeros de Puigdemont encarcelados, a ERC y a sus ex socios del PDECat les van a quedar pocos argumentos en la campaña, porque van a dejar de tener sentido los hologramas del president en fuga ni la coreografía, tan de Batasuna ella, del paseo de los retratos de sus "mártires" encarcelados.
Toda una faena que el equipo de guionistas de los soberanistas, ese que un día habla de muertos y de penurias a consecuencia del 155, otro, de la solidaridad europea, al siguiente, o a las pocas horas, de la necesidad de salir de la pérfida UE, por no hablar de aquella DUI que no fue unilateral y, si lo fue, lo fue como diabólico invento de "Madrid".
El discurso de los soberanistas se desmorona porque no hay tanques por las calles y en unas horas ni siquiera va a haber presos. Sólo un carísimo president en el "exilio" que, en su desesperación y más que, aburrido, practica el tiro al plato a ciegas, improvisando un día sí y el otro también en exóticas entrevistas, nunca a medios españoles, corriendo el peligro de convertirse, como el Manneken Pis, en otra atracción de la aburrida capital belga.
A ERC le sobra la "mano de obre" em la misma proporción que le faltan los argumentos y va camino de revelarse como una estructura piramidal, de esas que estafan con inversiones, cosméticos, sellos o detergentes, hasta que, al final, los sufridos militantes de la base. de la pirámide, claro, y los votantes comprueben que los de la cúspide habían vivido muy bien a su costa y que, en realidad, no había nada.
Después de ese espectáculo tan lamentable del 1-O, en el que las porras de unos y las urnas de quita y pon y el censo y los escrutinios fantasma, ERC, preventivamente, ha acusado a la democracia española de ser capaz de dar un pucherazo ¿Será porque, como reza el dicho, "cree el ladrón que todos son de su condición?

jueves, 30 de noviembre de 2017

JUSTICIA, TERROR Y MEMORIA



Estoy seguro de que, a muchos, los que aún no han llegado a los cincuenta, les habrá sorprendido la rabia con la que otros, los que los pasamos sobradamente, reaccionamos ante la ligereza con que algunos políticos, incluso algunos a los que yo mismo he votado, hablaban de presos políticos, de fascismo, de torturas o de carceleros. La rabia, al menos la mía, la desata medir la frivolidad con que pronuncian palabras que traen mucho dolor, mucho sufrimiento y mucha tristeza a nuestra memoria.
De ahí la rabia y de ahí la intolerancia contra quienes toman el sufrimiento de tantos en vano.
Hubo un tiempo en que, a unas horas de avión de aquí, tener veinte años, llevar el pelo largo, leer algunos libros o escuchar determinada música podía costarte la vida. Hubo un tiempo en que al otro lado del océano, hombre o mujer, sano o enfermo, podían sacarte de tu cama y llevarte, atado y encapuchado, en coches sin matrícula, pero inconfundibles y dejarte por meses en manos de sádicos desalmados que, a sabiendas, de que tu único delito era no ser como ellos, te mantenían vivo pero aterrado y sucio, a merced de su humor o el de sus superiores, hasta que no eras más que una piltrafa o, si eras mujer y embarazaba, hasta que parías para ellos un niño que acabaría convirtiéndose en un regalo para familias amigas de ellos o sus jefes y del "orden". Entonces esos jóvenes, llenos de vida cuando se los llevaron de sus casas, habían dejado de estarlo, convirtiéndose en un residuo incómodo del que había que deshacerse 
Entonces, los carceleros, los torturadores, los fascistas, estos sí, todos militares, como colectivo muy organizado que eran y con medios suficientes para ello, hacían "limpieza", sedando a sus víctimas o lo que quedaba de ellas para subirlas a un avión donde, después de ser "asistidas" por un sacerdote, militar por supuesto, eran arrojados inconscientes o no a las aguas inmensas del Atlántico, para borrar todo rastro de todo el horror causado.
Fueron cerca de treinta mil los jóvenes y nedio millar los niños que desaparecieron en apenas siete años en el sumidero de la ESMA, la tristemente célebre Escuela Superior de Mecánica de la Armada, y otros centros parecidos, una cifra fríamente calculada, aprendida de las enseñanzas de la ignominiosa Escuela de las Américas, esa universidad del fascismo y del terror, en la que instructores norteamericanos adoctrinaron a los militares de sus vecinos del sur para acabar con el comunismo. Sabían y, cómo no, enseñaban a sus discípulos que "actuando" indiscriminadamente contra un pequeño porcentaje de determinado grupo de población, los jóvenes, conseguirían aterrorizar y paralizar al resto. Con lo que no contaron, afortunadamente, fue con la fuerza y el tesón de sus madres, capaces de reconstruir el mapa de sus salvajadas.
Gracias a ellas, gracias a la prensa, gracias a abogados y jueces, ayer, por fin, fueron condenados a cadena perpetua dos ¿los últimos? asesinos uniformados de aquel terrible período de nuestra historia, porque la de Argentina también es nuestra historia, Alfredo Astiz, el "ángel de la muerte", y Jorge "el tigre" Acosta, responsable de gran parte de los crímenes cometidos en la ESMA.
Horas antes, otro militar, el general Slobodan Praljak, se quitó la vida ante el tribunal que le acababa de condenar a cadena perpetua como criminal de guerra por haber condenado al hambre y la muerte a la población bosnia de Mostar. Probablemente Praljak pensó que volar el único puente que unía el barrio bosnio con el exterior fue sólo una operación militar ¡qué fácil! más allá de sus consecuencias y por ello no quiso pagar su culpa.
Más allá de todo esto sería bueno no desaprovechar la ocasión para recordar de dónde venimos, para saber del verdadero terror, la tortura y el fascismo, para medir después nuestras palabras y, evitar así remover frívolamente los dolorosos recuerdos de tantos. 

miércoles, 29 de noviembre de 2017

MISILES Y SUPOSITORIOS


Dos ramas de la industria, la armamentística y la farmacéutica tienen más influencia que cualquiera otra en las decisiones que toman los gobiernos y los parlamentos, se supone que en nuestro nombre.
A nadie con dos dedos de frente le cabe en la cabeza que se gaste lo que se gasta en ese armamento, cada vez más caro, cada vez más sofisticado que, al final, apenas es efectivo en las nuevas formas de guerra, aquellas capaces de paralizar o arruinar un país a través de Internet, el terrorismo suicida o, en ocasiones, ambas combinadas.
¿Por qué, cuando se recorta en todo, se mantiene intacto, si no se incrementa, el gasto en Defensa? ¿Por qué se dedican enormes partidas de los presupuestos a inversiones en un armamento que en una o dos décadas van a quedar obsoletas? ¿Por qué hay cargos del ministerio de Defensa, el responsable de la compra de armamento, por ejemplo, que son intercambiables entre gobiernos del PSOE y el PP?
No es, desde luego, por la voluntad de los ciudadanos, a los queda poco más que la resignación o, a lo sumo, el pataleo. Quizá, si abalizásemos algunos consejos de administración, los sillones que algunos "ex" ocupan en grupos de opinión, grupos de presión, por hablar claro, o, quizá, si nos paramos a mirar quién paga, directa o indirectamente, las conferencias que imparten en universidades de aquí y allá, de esas por la que cada asistente paga un Perú. Quizá, si luego atamos cabos, lleguemos a entenderlo.
Otro tanto ocurre con la industria farmacéutica, los fabricantes y creadores de los medicamentos que, por toneladas y sobre todo a partir de una determinada edad, consumimos los ciudadanos. Nadie en su sano juicio entendería que un país como el nuestro deje de invertir en la investigación médica y farmacéutica y, mientras tanto, año tras año, incremente la partida de gasto en medicamentos. Nadie con sentido común admitiría que un sector como éste, verdaderamente estratégico, campase a sus anchas, esgrimiendo sus patentes, que podrían haber sido de todos, para quedarse con una parte tan importante de los presupuestos. Nadie entendería ni entenderá nunca que una farmacéutica chantajee a todo un país, imponiendo sus precios desorbitados y absolutamente arbitrarios, para suministrar su remedio contra la hepatitis C, el Sovaldi, capaz de salvar a decenas de miles de enfermos condenados a muerte, como lo hizo el propietario de la patente, convertida en poco más que un valor de bolsa al uso.
Nadie puede entender que se rasque en nuestros bolsillos para comprar aviones, barcos o misiles y cueste meses de movilizaciones desesperadas de centenares de enfermos y sus familiares a las puertas de los hospitales, para que, al fin, el Sovaldi que les salva la vida llegue a sus manos ¿Cuántas vidas salva un caza que puede estrellarse después de un inútil desfile y cuántas salva un medicamento, no ya subvencionado, sino surgido de nuestra propia investigación? La respuesta es contundente, tanto como el puñetazo que he recibido esta mañana en mi conciencia al enterarme por eldiario,es de que una empresa farmacéutica, productora de un tipo de medicamentos ahora en cuestión y pendientes de regulación ha pagado un viaje a su planta en Irlanda, supongo que con comidas, bebidas, alojamientos y agasajos incluidos, a un grupo de parlamentarios españoles involucrados en la decisión.
Con razón los supositorios tienen forma de proyectil y viceversa.  Nada podemos contra ellos ciando alguien decide que tenemos que tragar con ellos