domingo, 28 de octubre de 2012

MALDICIONES

 
A veces maldigo, qué contradicción, haber tenido una cierta formación científica y haber sido un ateo temprano, porque una y otra cosa me impiden recurrir como a veces quisiera al "bendito" recurso de la maldición y la blasfemia. Y eso, porque, he de confesarlo, tengo la impresión de que cualquiera de las dos cosas debe ser un buen consuelo, cuando se vienen abajo las esperanzas, la fe en el futuro y la fe en el ser humano.
Esas ganas las he sentido esta mañana, cuando ha abierto la edición digital de EL PAÍS y me he dado de bruces con la foto y la historia de Milagros, que ha perdido su casa por no haber podido hacer frente al pago de un crédito de 6.000 euros -un millón de pesetas- sobre el que había ofrecido su piso como garantía. Al conocer la historia de Milagros, su marido y sus hijos que comienzan a pasar frío, porque ni mantas tienen, siento ganas de maldecir a los prestamistas que les engañaron, a quienes acaben por comprar su piso que debe ser ahora tan frío y desasosegante como la ropa de un muerto, a los policías que dieron cobertura a la ejecución de la sentencia, al juez que la dicó, aplicando una ley que sabía injusta, y al funcionario que se justificó diciendo que hoy estaba en ese lado, pero mañana podía ser el desahuciado.
Me gustaría maldecirles, a sabiendas de que mis desesperados deseos pudiesen cumplirse. Me gustaría decirles aquello que una vez escuché a una gitana, eso de "así te dé un mal que cuanto más corras más te duela y cuando te pares te mueras". Me gustaría poder llenar de basura el panteón de los santos, pero no creo en ellos y, así, sólo podría ofender a quienes lo hacen, sin obtener ningún consuelo en ello, aunque a veces pienso que no está mal escandalizar a tanto hipócrita y pacato como se da entre ellos.
De todos modos, pienso que no estaría mal disponer de tres deseos que, como en los cuentos de las mil y una noches, pudiesen cumplirse. Y no pediría el bien para mí ni para nadie, porque la experiencia me dice que todo bien implica en sí mismo una maldición. Pediría directamente el mal para todos aquellos, cobardes, reglamentistas e hipócritas que utilizan o hacen cumplir las leyes a sabiendas de que son terriblemente injustas. Pediría por ejemplo que se viesen obligados a vivir la vida de aquellos a los que más hubiesen perjudicado con sus acciones o sus inacciones.
Y, si fuese posible, me gustaría disponer de una especie de súper poder para, cerrando los ojos, poder cambiar el membrete y los rótulos de todos los documentos y las dependencias del ministerio que ocupa Gallardón. Cambiarlos por los de "Ministerio de las Leyes", porque está claro que de Justicia no es.
 
 
 
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