domingo, 27 de enero de 2013

DEPRESIÓN Y PARO

 
 

Escuché el pasado viernes los datos de una encuesta realizada a mil parados, quizá poco científica, pero, sin embargo, muy sintomática, en la que uno de cada dos consultados admitía haber caído en la depresión. Algo más que razonable cuando te ves empujado al pozo del paro del que, por más que lo intentes, te va a resultar imposible salir.

La depresión, antes incluso de que se agudizase la crisis, iba camino de convertirse en la enfermedad del siglo. Viniendo como venimos de una sociedad opulenta y boyante, aunque sólo en apariencia, que nos iba creando necesidades para ir tirando de nosotros y de nuestro consumo hacia una meta en la que, como en los videojuegos, nos esperaban otras necesidades, así una y otra vez en un juego maldito en el que todo estaba permitido, salvo pensar.

Ahora que la partida se ha interrumpido, porque hemos consumido "las vidas" con que partimos y somos incapaces de alcanzar la llave que nos lleva a la siguiente pantalla. nos vemos encerrados dentro de esta escena maldita que es la crisis, yendo de un lado a otro, intentando saltos imposibles, para acabar abatidos en un rincón sin nada o muy poco que hacer para recuperar la dignidad perdida.

Y esa es, precisamente, la clave: la dignidad. La dignidad o, más bien, la ausencia de ella, porque, en la borrachera del consumo nos han apartado de lo único que no debe perder nunca el hombre, ese sentirse merecedor del respeto de los demás, ese decoro en la forma de ser y comportarse que, si se ha dejado de lado para medrar cuando había trabajo o para no perderlo cuando escaseaba, echamos de menos cuando ya no lo hay y son pocas las esperanzas de conseguirlo.

Dicen que las mujeres son más propensas a la depresión y no me extraña que, en estas circunstancias, cuando hay unos hijos que sacar adelante y no hay con qué, cuando se pierde hasta el techo, cuando hasta encontrar trabajo de limpiadora, maltratada y mal pagada, acaba siendo un lujo, se caiga en el pozo negro de la depresión.

El hombre no. El hombre, cuando no tiene nada que hacer, cuando ya no tiene horarios que cumplir, se refugia en la cama, en la televisión o mata las horas en los bares. La mujer no. La mujer estira y estira sus fuerzas, se preocupa de que los hijos vayan al cole, de buscarles qué llevarse a la boca y qué ponerse para no tener frío, Por eso, cuando el cuerpo y, lo que es peor, la mente no dan para más, su caída es mucho más dura.

Cuando pienso en estas cosas doy gracias por haber sabido crearme mi propia disciplina, por no tener que buscarme la vida y por tener a mi alrededor gente que no está pasando estas calamidades. Y doy gracias, porque nada hay más terrible que el vacío de los días que se siguen unos a otros sin nada que los distinga.

Por eso, mi mayor reproche hacia esta sociedad que ha consentido lo que ha consentido lo es porque, antes incluso de quitar a sus víctimas el trabajo y los ahorros, les ha quitado todo lo que les hubiese permitido salir del pozo: dignidad, autoestima, orgullo, rabia y, sobre todo, ganas de rebelarse.
 
 

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