domingo, 3 de febrero de 2013

MENTIR ALTO Y CLARO

 
 

Cuando alguien lleva como yo mucho tiempo en esto tan raro que es vivir, acaba por entender que no es difícil mentir con las palabras, porque, al ser el lenguaje abstracto, cuesta poco desentenderse de lo que se dice. Basta con aferrarse a un discurso, leerlo si es posible, para no dejar resquicios a la duda, y, a ser posible, interpretarlo con firmeza y con soltura.

Hay actores, incluso aficionados que son capaces de morir en la cruz y, acto seguido, comerse un bocadillo con un botellín de cerveza, al pie de esa misma cruz en la que acaba de morir su personaje. Pero también los hay incapaces de aguantar la risa en medio de la escena más dramática que se pueda imaginar. Lo que quiero decir con esto es que puede entrenarse la voz, incluso el gesto, para interpretar un papel, pero que el cerebro humano, tan complejo él, anda internamente disociado entre lo que debe representar y su propia realidad y que bastan la tensión previa a que se enciendan los focos o esa descompresión que sigue al "corten", para volver a ser el que se es y a manifestar abiertamente la ´procesión que va por dentro.

Por eso, quienes, como decía, llevamos ya tiempo en esto de vivir acabamos desarrollando alguna que otra habilidad para captar miradas de esas que no llegan a serlo, porque los ojos se pierden dentro de uno mismo, esa mano que coge a su mano compañera para no delatar la ansiedad del cerebro que ya no puede controlarlas, o esa pierna que se mueve nerviosa bajo la mesa para descargar toda la tensión que, de otro modo, se canalizaría entera en la garganta.

Ayer tuvimos toda una demostración de esto que os digo. Rajoy estaba preparado para negarnos tres veces antes del telediario todo lo que se dice de él. Con una técnica impecable y harto ensayada, hizo las pausas justas en los momentos apropiados, subrayando con el silencio los pasajes precedentes y describiéndonos, por si no los captábamos, los estados de ánimo que quería manifestar en cada uno de los pasajes, todos esos no quiero dar pena, pero me gustaría darla, leo para contener mi enfado y os lo aclaro para que sepáis que estoy enfado. Con estas y otras cosas pretendió adornar las únicas dos palabras de que constaba su discurso: "es falso".

Rajoy se preparó para ese ensayo general con público, el Comité Ejecutivo, que tan útil le ha sido para subrayar unidades en salas o azoteas de personajes hoy en entredicho o caídos de su partido. Como todo político que se precie, estaba pendiente del pilotito de la cámara para comenzar su representación. Los periodistas, como siempre, cuanto más lejos mejor, encerrados en una sala pendientes, como tontos forzados, de la pantalla que les mostraba la gloria del actor que interpreta su papel a la perfección. Luego, fundido a negro.

Con o que no contaba Rajoy, para lo que no se había preparado, era para el asalto de los gráficos, el "mudo" previo a cualquier reunión en el que se toman imágenes de tozos los presentes. Hizo mal en no ensayarlo, porque, en esos minutos infernales, en ese "entre bambalinas" con el que al parecer no contaba, se desveló todo el lenguaje gestual que nos permitió interpretar su estado de ánimo y deducir esa procesión que, desde hace tres días, lleva por dentro.

Ese Rajoy, asustado, pálido, triste y apocado que captaron las cámaras, con el que hoy ilustro esta entrada, está evidenciando todo lo que a continuación iba a hacer; mentirnos alto y claro.
 
 

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