sábado, 11 de mayo de 2013

TRES COMIDAS

 

Ayer, después de escribir el "A media luz" del día y mientras, escuchando la radio, me preparaba para salir de casa, me quedé enganchado a la entrevista que Gemma Nierga le hacía a una mujer joven, madre soltera de dos niñas, Nerea y Tatiana, que le contaba las dificultades con que, sin trabajo, sólo con la "ayuda familiar" de los servicios sociales,  y la del padre de las niñas, también en paro, se enfrenta cada día a la hora de dar de comer a sus hijas.

Lucía Medina, que así se llama la joven madre, contaba como estuvo a punto de no acudir a la entrevista en el Palacio de San Telmo de Sevilla, porque esa mañana le había "salido" una casa para limpiar por veinte euros y que los necesitaba. Afortunadamente pudo aplazar la faena unas horas y gracias a ello nos enteramos de cómo muchas noches se enfrentaba a una nevera vacía o con un único huevo con el que hacer una tortilla francesa con la que dar de cenar a las pequeñas, mientras ella, como tantas noches se iba a la cama sin tomar bocado o con medio vaso de leche.

Lucía contó también como sus hijas, especialmente la mayor, de ocho años, era consciente de todo y, en ocasiones, cedía su propia ración para la pequeña y cómo, pese a todo, estaba contenta por poder conservar a sus hijas con ella, para que no tuviesen que pasar por lo que ella pasó cuando sus padres tuvieron que entregarla a una institución, porque no podían cuidar de ella. Lucía contó también que vivía pendiente del móvil, esperando una llamada que le ofreciese los trabajos con los que sacar el dinero necesario para llenar la nevera. También agradeció la medida adoptada por el gobierno de Andalucía para garantizar, a través de la red de comedores escolares, que cualquier niño pueda hacer las tres comidas diarias que necesitan.

He de confesar que -soy de lágrima fácil- me emocione y no tuve necesidad de aplicarme colirio. Pero también he de decir que lo que quizás me emocionó más y al mismo tiempo me llenó de orgullo fue comprobar con qué naturalidad, sin fatalismo, y llena de dignidad contaba Lucía su historia, sin melodramas, sin mendigar, explicaba que lo que quería evitar a toda costa era que sus hijas pasasen por lo que ella pasó cuando tuvo que separarse de sus padres.

No me explico cómo, ante historias como ésta, que, desgraciadamente, son demasiado habituales y no sólo en Andalucía, haya quien se atreve a criticar las medidas sociales -esta y la de la expropiación temporal a los bancos de viviendas vacías procedentes de desahucios- y a acusar a la Junta de hacer chavismo. Está claro que el mundo de quienes hacen estas críticas no va más allá de su lujoso portal o de las verjas de su jardín. Está claro que para no saberse causa de la misma son incapaces de ver la desigualdad y la injusticia.

Os decía que la historia de Lucía me atrapó. Tanto me atrapó que acabé contándosela a los amigos con los que como los viernes. Charlamos mucho sobre el asunto, nos preguntamos cómo contarían Azcona y Berlanga estos tristes años que nos toca vivir y, cuando después de unas horas, nos despedíamos surgió, entre letra y letra de tango y bolero, aquel poema impresionante de Gabriel y Galán, "El embargo", que mis amigos -todo un lujo- Rodolfo Serrano y Pepe Regueira se atrevieron a recitar en su castúo original y que prometí colgar hoy en mi muro de Facebook.
 
Pero lo que, al final, importa de esta historia es que, por vez primera en muchos años, un gobierno hace en España una política social realmente de izquierdas: garantizar, por ejemplo, que todos los niños andaluces, también los hijos de los parados y los desahuciados puedan comer tres veces al día.
 
 
 

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